Un alumno de una escuela se dirigió a su profesora, porque vio a una niña que había llegado con un abrigo roto. Como era invierno y su abrigo era insuficiente para resistir el frío, el alumno propuso un almacén de intercambio en el que cualquiera podía dar lo que quisiera, para que todos los niños de la escuela tuvieran paraguas, botas y abrigo para el invierno. La profesora se sintió muy conmovida, compartió la idea con los padres y se puso en marcha en dos horas.
Una pregunta que surge de esta conmovedora situación es ¿por qué no somos todos tan sensibles como ese niño? Obviamente, nos encontraríamos en una realidad mucho más positiva si lo fuéramos.
Nosotros, los adultos, somos más egoístas y estamos mucho más inclinados a prestar atención sólo a lo nuestro. Fuimos creados de tal modo que sentimos un creciente desapego por los demás. Para poder desarrollar una oración sincera por ayuda: de tener el corazón abierto para sentir a los demás de forma similar a como nos sentimos a nosotros mismos.
Si logramos cambiar cómo sentimos la realidad, nos sentiríamos conectados, cercanos y comprenderíamos a los demás. Todos nos sentiríamos como un solo cuerpo. No tendríamos agujeros en nuestros abrigos y nos sentiríamos parte del mundo superior, de amor, otorgamiento y conexión.