En el proceso de avance espiritual, acumulamos todo tipo de problemas que crecen como una bola de nieve y aparecen ante nosotros en forma de una enorme montaña (הר - de הרהורים, duda). El trabajo interior nos conduce a fluctuaciones dolorosas: por un lado, no podemos separarnos de la vida material y por otro lado, ya no nos resulta especialmente interesante. El Libro del Zóhar describe estados difíciles y dolorosos cuando una voz interior despierta en nosotros y pregunta: "¿No sería mejor alejarnos de esta montaña?" Incluso cuando recibieron la Torá en el Monte Sinaí, los valientes del pueblo se quedaron más cerca de la montaña, mientras que aquellos que experimentaron miedo y confusión se quedaron más lejos. Esto sugiere que cada persona tiene su propio límite: lo que está dispuesto a sacrificar para merecer el ascenso al mundo espiritual. La persona que estudia Cabalá, después de un tiempo, comienza a sentir confusión e impotencia: la inspiración desaparece, todo se vuelve aburrido, incomprensible y sin alegría. En este momento es muy importante no equivocarse y no perderse en el camino. Nada sucede en vano. Todas las condiciones más difíciles descienden de arriba para que nosotros, esforzándonos en aprender, en difundir, en unificarnos entre nosotros, exaltemos ante nuestros ojos la importancia de la meta. Debemos exigirle a la Fuerza Superior que nos eleve por encima del límite de la vida y la muerte para poder relacionarnos con todo lo que sucede desde el punto de vista de la eternidad y no desde una existencia material temporal. Estamos obligados a “traspasar” esta barrera, anularla y sentir el estado de eternidad y perfección aquí y ahora.