El grupo es mi espejo. En la medida en que yo lo construyo, él me construye a mí. Tanto mi actitud hacia él como su actitud hacia mí están desligadas de mi deseo de recibir, lo que me ayuda a construir relaciones de entrega en lugar de expandir y llenar vasijas de recepción.
Si estuviera trabajando directamente con el Creador, sin duda utilizaría las vasijas de recepción. Baal HaSulam escribe que si el Creador se revelara, correría hacia Él gritando “Detengan al ladrón!”. El deseo de recibir me diría lo maravilloso que es trabajar para el Creador; querría estar cerca de Él, hacer algo por Él.
Después de todo, si Él me llena de confianza y placeres, ¿por qué no trabajar? ¿Por qué no percibirlo como bueno y grandioso? Siempre queremos estar cerca de la grandeza.
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Por lo tanto, el deseo de recibir se esforzaría por alcanzar al Creador para obtener un beneficio personal. Pero si en lugar del Creador tengo un grupo en el que no encuentro un gran beneficio personal, poder, confianza o una fuerte influencia sobre mí, entonces dentro de él hay condiciones que me permiten trabajar no con mi deseo de recibir, sino en la dirección de otorgar. Quiero desarrollar vasijas de otorgamiento dentro de mí mismo y por lo tanto, me dirijo al grupo.
Resulta que la ruptura de las vasijas es la oportunidad de trabajar con el deseo de recibir de los demás, de aquellos externos a mí, como si fuera con el Creador. Que el Creador haya puesto ante mí a otra persona, a alguien “diferente”, aparte de Él mismo, es verdaderamente mi salvación.
En este caso, puedo practicar genuinamente cómo ser un otorgante y no un receptor. Puedo determinar si estoy dando o recibiendo. Puedo realizar ejercicios que más tarde me permitirán entrar en una relación con el Creador en la que mi actitud hacia Él será verdaderamente de otorgar.
El grupo me ayuda a salir de mi deseo de recibir porque no es una fuente de placeres para mí. En cambio, si estuviera trabajando con el Creador, solo trabajaría con Él como fuente de placeres y nunca podría salir de mi deseo de recibir.
¿A qué conduce la comprensión de la grandeza del otorgante?
El trabajo destinado a hacer realidad la grandeza del otorgante es nuestro único trabajo, como en el ejemplo del invitado y el anfitrión.O bien actúo de acuerdo con mi deseo de recibir placer, o mi nivel «humano» entra en escena, el punto en el corazón, la cualidad de Biná, que recibí como resultado de la ruptura de las vasijas. Esta es una chispa divina de Arriba, mi alma, frente a la cual siento al Anfitrión. Entonces tengo dos elementos de percepción dentro de mí: deseo natural de recibir placer del Anfitrión, y el punto dentro de mí que siente al Anfitrión mismo como el otorgante.
Ahora realizo dos tipos de cálculos: Él como otorgante de placer y Él como el otorgante. Me encuentro en esta separación, y aquí es donde comienza el trabajo. ¿Qué es más importante para mí? ¿Él, Su grandeza, o arreglar mi relación con Él? ¿O acaso no me importa quién es Él y qué es, siempre y cuando reciba de Él y me llene? Por lo tanto, si queremos desarrollarnos correctamente, debemos cultivar de manera constante la conciencia, o el concepto del Anfitrión, y del otorgante.
Al principio, una persona se encuentra ante el Anfitrión y no lo ve. No ver al Anfitrión es muy importante porque le produce vergüenza, la sensación de que es un receptor, de que debe restringir sus deseos y ejercer toda su fuerza para desarrollar su actitud hacia el Otorgante, de modo que este se vuelva cada vez más importante que los placeres que provienen de Él.
Si Él es más grande que los placeres, entonces restrinjo continuamente mi deseo de recibir y no de operar dentro de Él. Prefiero permanecer en conexión con el otorgante, que es grande. Esto me da mayor placer, confianza y me llena más. Por el bien de recibir, lo que se llama «Lo Lishmá», pero aún así prefiero estar conectado con el Anfitrión en lugar de los placeres.
Entonces llega una etapa en la que incluso esta conexión de «consumo» con el Anfitrión, cuando lo «utilizo» para mis propios intereses, ya no me parece favorable. Cuando prefiero la conexión con el anfitrión a los placeres, esa conexión despierta en mí una conciencia de la naturaleza de Su carácter.
Esto implica dar importancia al acto de otorgamiento, a la cualidad misma del otorgamiento. Esto se llama «el encanto de la santidad». Esta cualidad se vuelve tan importante para mí que ya no deseo estar conectado con el Anfitrión a través de mis vasijas de recepción. Quiero conectar con el otorgamiento y pertenecer a él. Esto significa que la persona comienza a salir de sí misma hacia la cualidad del dador.
Luego busca los medios para lograrlo verdaderamente. Aún necesita ser consciente de la grandeza del Anfitrión, pero ahora de su grandeza como dador. Esta es la Biná pura, que la persona desea adquirir. Al adquirirla, comienza a asemejarse al anfitrión, pero solo en el sentido de que desea ser como Él. Esto significa que la persona, por así decirlo, adquiere Galgalta ve Eynaim, las cualidades de otorgamiento.
Aprendiendo a Saber es otorgar