Yehudá Leib HaLevi Ashlag (Baal HaSulam)
Escuché en 1943, en Jerusalén
Cada uno está alejado del Creador por la recepción que hay en él.
Pero está alejado simplemente por su deseo de recibir. Sin embargo, debido a que el hombre no anhela la espiritualidad sino las pasiones de este mundo, su alejamiento del Creador es de un día, es decir, la distancia de un día, lo cual significa que está alejado de Él en un solo aspecto: en que está inmerso en el deseo de recibir las pasiones de este mundo.
No obstante, cuando el hombre se acerca al Creador, es decir que anula su recepción en este mundo, entonces está cercano al Creador. Pero si después fracasa en la recepción del mundo venidero, entonces resulta que está lejos del Creador porque desea recibir los placeres del mundo venidero, y además también cae en la recepción de los placeres de este mundo. Entonces resulta que ahora se ha alejado del Creador por dos días:
1. Al recibir placeres en este mundo, en los cuales volvió a caer.
2. Por tener ahora el deseo de recibir la riqueza del mundo venidero. Porque al dedicarse a la Torá y las Mitzvot, obliga al Creador a que le pague una retribución por su trabajo en la Torá y en las Mitzvot.
Según esto, resulta que al principio caminó un día y se acercó a los trabajos del Creador, y después retrocedió dos días. De este modo, ahora el hombre necesita dos tipos de recepción:
1) De este mundo
2) Del mundo venidero.
Por lo tanto, resulta que caminó en sentido contrario.
Y el consejo para esto es caminar siempre por el camino de la Torá, que consiste en otorgar. Y el orden debería ser que primero hay que tener cuidado con los dos principios básicos:
1) Hace el acto de la Mitzvá
2) La sensación de placer en la Mitzvá. El hombre debe creer que el Creador tiene placer cuando observamos Sus preceptos.
Por lo tanto, resulta que uno debe hacer la Mitzvá en la práctica, y también creer que el Creador tiene placer porque el inferior cumpla Sus Mitzvot. Y aquí no hay diferencia entre una Mitzvá grande y una pequeña, es decir, el Creador tiene placer; Él se deleita incluso con el acto más pequeño que realicemos por Él.
Luego, hay un resultado, y ese es el propósito principal que el hombre debe mirar. En otras palabras, que el hombre sienta placer y disfrute por poder dar contento a su Hacedor. Este debe ser el principal énfasis en su trabajo. Y esto se llama «servir al Señor con alegría». Esa debería ser la recompensa por su trabajo, es decir, que reciba deleite y placer por haber sido recompensado con alegrar al Creador.
Este es el significado de: «El extranjero que esté en medio de ti se elevará sobre ti cada vez más alto, etc., él te prestará, y tú no le prestarás».
«Extranjero» se le llama al deseo de recibir (cuando comienza a servir al Creador, al deseo de recibir se le llama «extranjero» [Guer: converso]. Y antes de eso, es un gentil [Goy] completo).
«Él te prestará». Cuando da la fuerza para trabajar, la da a modo de préstamo. Quiere decir que, cuando pasa un día en la Torá y las Mitzvot, aunque no haya recibido la retribución inmediatamente, cree que más adelante le pagará por esa fuerza que le dio para trabajar. Por eso, después de un día de trabajo, viene y reclama la deuda que le prometió. Que le dé una recompensa a cambio de las fuerzas que el cuerpo le dio para observar la Torá y las Mitzvot. Pero él no le da, por lo que el extranjero grita: «¿Qué clase de trabajo es éste? ¿Trabajar sin recompensa?». Así que, después de eso, el extranjero no quiere dar a Israel las fuerzas para trabajar.
«Y tú no le prestarás». Si le das alimento y vienes a pedirle que te dé fuerza para trabajar, entonces te dice que no tiene que pagarte ninguna deuda a cambio de los alimentos que le estás dando. Esto se debe a que «Yo antes te di la energía para el trabajo, y eso fue bajo la condición de que compraras posesiones para mi. Por lo tanto, lo que ahora me estás dando, es todo según las condiciones pasadas. Por eso ahora vienes a mí para que te dé más fuerzas para el trabajo, para que puedas traerme nuevas posesiones».
Por lo tanto, el deseo de recibir se ha vuelto más astuto y utiliza su ingenio para calcular la conveniencia de esto. A veces dice que se conforma con poco y que las posesiones que ya tiene son suficientes. Y por eso no quiere darle más fuerzas para el trabajo. Y otras veces dice que el camino que está recorriendo ahora es peligroso, y que quizá sus esfuerzos sean en vano. Y otras veces le dice: «el esfuerzo es mayor que la recompensa, así que no te daré fuerzas para trabajar».
Y entonces, cuando uno quiere fuerzas de él para andar por el camino del Creador con el fin de otorgar y que todo sea solo para mayor gloria del Cielo, dice: «¿Qué obtendré yo a cambio?». Entonces viene con los conocidos argumentos de «Quién» y «Qué». Es decir, «¿Quién es el Señor para que yo le obedezca?», como el argumento de Faraón. O «¿Qué es este trabajo para ustedes?», como el argumento del malvado. Y todo esto se debe a que tiene un reclamo justo, pues así lo acordaron entre ellos. Y esto se llama: «...si no escuchas (obedeces) al Señor tu Dios...», y entonces viene con reclamos porque no cumple las condiciones.
Pero cuando «escuches al Señor», es decir, inmediatamente al inicio de la entrada (la entrada es algo constante, porque cada vez que tiene un descenso debe comenzar de nuevo, y esta es la razón por la cual se le llama «entrada». Naturalmente, existen muchas salidas y muchas entradas), le dice a su cuerpo: «Debes saber que deseo entrar en el trabajo del Creador. Y mi intención es solo otorgar y no recibir ninguna retribución. No debes esperar recibir nada a cambio de tus esfuerzos, sino que todo sea con el fin de otorgar».
Y si el cuerpo pregunta «¿Qué beneficio obtendrás de este trabajo?», es decir, «¿Quién recibe este trabajo en el cual quiero invertir fuerzas y esforzarme?». O sencillamente pregunta: «¿Para quién estoy trabajando con tanto esfuerzo?».
Entonces la respuesta debe ser que tengo fe en los sabios, que ellos dijeron que debo creer con fe abstracta por encima de la razón, que el Creador nos ha ordenado esto, que asumamos la fe, qué Él nos ordenó observar la Torá y las Mitzvot. Y también debemos creer que el Creador se complace cada vez que observamos la Torá y las Mitzvot con fe por encima de la razón. Y además el hombre debe alegrarse del placer y deleite que tiene el Creador por su trabajo.
Resulta que hay aquí cuatro cosas:
1. Creer con fe en los sabios, que lo que ellos dijeron es la verdad.
2. Creer que el Creador ordenó dedicarse a la Torá y las Mitzvot solamente por medio de la fe por encima de la razón.
3. Que hay alegría cuando las criaturas guardan la Torá y las Mitzvot sobre la base de la fe.
4. Que el hombre debe tener placer, deleite y alegría por haber sido recompensado con alegrar al Rey. Y el grado de grandeza e importancia del trabajo se mide según la alegría que el hombre obtiene del mismo. Y esto depende del grado de fe con el que el hombre cree en lo mencionado anteriormente.
Entonces resulta que, cuando «escuches al Señor», todas las fuerzas que recibe del cuerpo no se consideran un préstamo del cuerpo que sea necesario devolver a modo de: «si no escuchas la voz del Señor». Y si el cuerpo pregunta: «¿Por qué debería darte fuerzas para el trabajo si tú no me prometes nada a cambio?», uno debería contestar: «Porque para eso fuiste creado. ¿Qué puedo hacer yo si el Creador te odia? Como está escrito en el sagrado Zóhar, que el Creador odia los cuerpos».
Es más, cuando el sagrado Zóhar dice que el Creador odia los cuerpos, se refiere específicamente a los cuerpos de los siervos del Creador, porque desean ser eternos receptores, ya que también desean recibir la riqueza del mundo venidero.
Y esto se considera: «tú no le prestarás». Es decir, que no le tienes que dar nada a cambio de las fuerzas que el cuerpo te dio para trabajar. Pero «si le prestas», si le concedes algún tipo de placer, será como un préstamo y el cuerpo tendrá que dar a cambio fuerzas para trabajar, pero no gratuitamente.
Y el cuerpo siempre debe darte fuerza, es decir, de forma gratuita. Tú no debe concederle ningún tipo de placer, y debes exigirle siempre fuerza para el trabajo, ya que «el que toma prestado se vuelve esclavo del prestamista». Entonces, él será siempre el esclavo y tú serás el amo.