Hambre en la piel o hambre táctil, es un fenómeno de nuestra era. Según los expertos, nos sentimos privados del tacto cuando la cantidad de contacto que deseamos, es mayor que la cantidad de contacto que realmente recibimos. Es muy similar a la sensación de hambre regular.
El tacto da seguridad y comodidad y ahora, en EUA, se adoptan más mascotas de los refugios, que nunca. En ese sentido, incluso tocar un perro, un gato u otro animal, dará satisfacción a esta hambre.
Obviamente, cuando no podemos tocar a otros de manera humana, al menos lo hacemos con los animales de manera animal. Claro, está bien tener un perro y jugar con él, pero estamos destinados a sentir algo más.
Este toque externo, este contacto táctil, no reemplaza la disposición interna ni el contacto de los corazones. Cuando los corazones están en contacto, las distancias son irrelevantes, porque para el cuerpo no tiene importancia. La conexión de corazones, sólo es posible entre una persona y otra, no es física ni táctil.
¿Cómo conectamos los corazones? En el anhelo que sentimos cuando aspiramos a conectarnos con los demás y recibimos respuesta de ellos. Sentimos que los corazones se abren verdaderamente y surge un espacio entre ellos. Dentro de ese espacio se siente; comprensión, amor y reciprocidad.
Naturalmente, todo viene del hambre. El hambre que jala un corazón a otro, no es animal, sino espiritual. Se expresa como falta de energía vital. Podemos sentir esa energía cuando nos conectamos con otros. A pesar de que tengamos comida y dinero, aún está la sensación de falta de brillo. Es decir, buscamos otro corazón. Inconscientemente sentimos que no tenemos nada por qué vivir.
Finalmente, así está construida la vida: damos a luz, engendramos, educamos, damos y sentimos lo mismo de los demás. Esa satisfacción recíproca, es la vida misma. Es imposible dar sin recibir.