La percepción del mundo que nos rodea depende de nuestra actitud hacia él. La naturaleza no ha creado nada dañino que necesite ser destruido. Si percibimos algún fenómeno como malo, vale la pena preguntarnos si nosotros mismos lo hemos provocado con nuestros pensamientos y acciones negativas. En tal caso, uno debe corregirse a sí mismo y no al mundo, ya que los intentos de corregir al mundo desde el exterior le causan gran daño. Todos los que intentan erradicar lo que consideran malo sólo lo empeoran y causan daños irreparables a la sociedad. Al interferir artificialmente en el desarrollo de la naturaleza, introducen distorsiones en ella. Es como recoger frutas verdes sólo porque todavía están amargas. Acciones aparentemente buenas conducen a resultados desastrosos. Según la ley del desarrollo, existen dos fuerzas que actúan en el curso del crecimiento: • El “poder del cielo”, o las duras leyes de la naturaleza, que nos gobiernan sin piedad, empujándonos hacia adelante a través de golpes y sufrimientos. • “Poder terrenal”, o el poder de las personas que han dominado la ley del desarrollo y han tomado el control de ella en sus propias manos. Para acelerar nuestro desarrollo, haciéndolo suave y amable, necesitamos entender que: • los puntos de inicio y final de nuestro desarrollo están predeterminados; • hasta hoy nos hemos desarrollado instintivamente, bajo la influencia de la naturaleza; • ahora tenemos la oportunidad de tomar la ley del desarrollo en nuestras propias manos; • El único parámetro que podemos cambiar en la ley del desarrollo es la velocidad de nuestra maduración. Podemos alcanzar el éxito con la ayuda de la ciencia de la Cabalá, que se nos da para que podamos comprender el objetivo final de la creación y determinar los medios para alcanzar este objetivo.