En nuestro mundo, el ser humano prácticamente no tiene libre albedrío. La naturaleza de la creación es el deseo de disfrutar, que determina todas nuestras acciones. Evaluamos cualquier circunstancia en términos de mayor o menor placer y luego hacemos una elección a favor de la máxima satisfacción de nuestro egoísmo. Simplemente calculamos las opciones y elegimos la que nos parece óptima. ¿En qué puede consistir el libre albedrío humano si varias de nuestras cualidades nos las transmiten por herencia, otras se forman en el proceso de crianza y el resto de la escala de valores nos la proporciona la sociedad? Entonces, ¿resulta que representamos algún tipo de mecanismo ejecutor? Al fin y al cabo, nuestra elección siempre viene de nuestras propiedades naturales inherentes y de lo que nos impone el mundo que nos rodea. El libre albedrío aparece sólo cuando, además del deseo de disfrutar, la persona comienza a desarrollar los principios del deseo de complacer y otorgar. Esta propiedad no se relaciona con la naturaleza de nuestro mundo y no incluye la entrega egoísta del nivel material, un ejemplo sorprendente es el comportamiento de una madre hacia su hijo. Cuando junto a la cualidad egoísta de recibir surge en una persona la auténtica cualidad de otorgar, nos encontramos entre dos fuerzas, dos mundos y tenemos la oportunidad de relacionarlos correctamente entre sí. El equilibrio entre las cualidades del Creador y la creación, recibir y otorgar, amar y odiar, nos enfrenta ante una elección, permitiéndonos utilizar correctamente estas dos propiedades. La elección correcta, que eleva la cualidad de otorgar por encima de la cualidad de recibir, se lleva a cabo con la ayuda de un grupo. El grupo es la parte que a cada uno de nosotros nos falta y que debemos aportar nosotros mismos. Al esforzarnos por unirnos a un grupo, recibimos de él la fuerza que nos permite realizar nuestro primer movimiento libre, nuestra primera elección verdadera. Los esfuerzos por comparar las cualidades de recibir-otorgar y su correcta combinación en uno mismo es el lugar donde se realiza el libre albedrío. Sin embargo, ponerlo en práctica no es nada fácil. Después de todo, en el curso de la corrección espiritual, nuestro egoísmo se rebela contra la unificación con nuestros amigos. Nos parecen injustos, falsos, testarudos. Pasa mucho tiempo antes de que empecemos a comprender que el Creador está jugando con nosotros, creando deliberadamente tales situaciones y enviando pensamientos negativos sobre el grupo. Entonces, a pesar del rechazo, empezamos a trabajar sobre nosotros mismos, tratando de justificar a nuestros amigos, “jugando” contra el Creador y detrás de este juego empezamos a sentir Su carácter, Sus acciones. Él se nos revela como amable, amoroso, bondadoso, queriendo elevarnos a un nivel superior.